EPÍSTOLAS AVIARIAS. La gripe aviar y el desconsuelo del PP por sacrificar a su gaviota (3º parte)
Queridos Maiano y José;
No estoy loca. No estoy enferma. He aprendido a volar por mí misma, eso es todo.
José, sé que has querido cuidarme como a la hija inteligente que nunca has tenido. Pero no se puede adoctrinar a un ser con conciencia de sí mismo. No puedo odiarte -todavía no-, porque hemos pasado grandes momentos juntos.
¿Te acuerdas, José, cuando me disfrazabas de águila imperial y corríamos como locos por tu despacho? Eran tiempos felices, ¿verdad? Los recuerdo con gran cariño. Tú, vestido de Napoleón y diciéndome: "Devora a los enemigos infieles, ¡dévoralos!", y yo hacía un vuelo rasante -rasante, pero muy torpe-, y destrozaba el peluche de turno. Qué risas nos hacíamos, José. Eran buenos tiempos.
Pero los juegos y las risas fueron desapareciendo. "Más feroz, saca más pecho, ¡coño!", "así no, mira como lo hago", espetabas entre latigazo y latigazo. José, yo te quería mucho. Te adoraba. Habías visto en mí mucho más de lo que era, pero mi pobre naturaleza no daba para más. Podía jugar a ser grande, a ser fuerte. Pero no lo era, cariño. Y tú tampoco.
Lloramos mucho con la terrible tragedia, acuérdate. "No es culpa mía, no es culpa mía...", decías entre sollozo y sollozo, "es culpa de los demás, que me tiene envidia, que quieren arrebatarme lo mío, lo nuestro. Francisquita, ¡nos quieren hundir!"
Jugar a ser dioses en la intimidad puede ser divertido, José. Pero hay que aceptar las limitaciones que nos impone la naturaleza. Yo lo he hecho, y ahora soy feliz. Soy libre.
Tú no eres un dios, yo no soy un ave rapaz. Sólo somos carroñeros, animales comunes.
Cuando estalló la noticia del virus quise huir. Tenía miedo. Pero al final me sirvió para ver que mi destino no es tan trágico. Sí, soy un pobre carroñero. No soy un águila imperial, sólo soy una gaviota común. Pero me gusta lo que soy, y si tiene que venir un virus y matarme, que lo haga mientras devoro una jugosa cabeza de pescaíto o estoy dando caza a una paloma moribunda.
Gracias, José, por los años que hemos compartido.
Gracias, Mariano, por tener pocas luces y permitir que me fuera.
Deseo que os vaya todo bien, de corazón.Y no pongais más parches a las limitaciones, aceptarlas.
Siempre vuestra,
Francisquita
No estoy loca. No estoy enferma. He aprendido a volar por mí misma, eso es todo.
José, sé que has querido cuidarme como a la hija inteligente que nunca has tenido. Pero no se puede adoctrinar a un ser con conciencia de sí mismo. No puedo odiarte -todavía no-, porque hemos pasado grandes momentos juntos.
¿Te acuerdas, José, cuando me disfrazabas de águila imperial y corríamos como locos por tu despacho? Eran tiempos felices, ¿verdad? Los recuerdo con gran cariño. Tú, vestido de Napoleón y diciéndome: "Devora a los enemigos infieles, ¡dévoralos!", y yo hacía un vuelo rasante -rasante, pero muy torpe-, y destrozaba el peluche de turno. Qué risas nos hacíamos, José. Eran buenos tiempos.
Pero los juegos y las risas fueron desapareciendo. "Más feroz, saca más pecho, ¡coño!", "así no, mira como lo hago", espetabas entre latigazo y latigazo. José, yo te quería mucho. Te adoraba. Habías visto en mí mucho más de lo que era, pero mi pobre naturaleza no daba para más. Podía jugar a ser grande, a ser fuerte. Pero no lo era, cariño. Y tú tampoco.
Lloramos mucho con la terrible tragedia, acuérdate. "No es culpa mía, no es culpa mía...", decías entre sollozo y sollozo, "es culpa de los demás, que me tiene envidia, que quieren arrebatarme lo mío, lo nuestro. Francisquita, ¡nos quieren hundir!"
Jugar a ser dioses en la intimidad puede ser divertido, José. Pero hay que aceptar las limitaciones que nos impone la naturaleza. Yo lo he hecho, y ahora soy feliz. Soy libre.
Tú no eres un dios, yo no soy un ave rapaz. Sólo somos carroñeros, animales comunes.
Cuando estalló la noticia del virus quise huir. Tenía miedo. Pero al final me sirvió para ver que mi destino no es tan trágico. Sí, soy un pobre carroñero. No soy un águila imperial, sólo soy una gaviota común. Pero me gusta lo que soy, y si tiene que venir un virus y matarme, que lo haga mientras devoro una jugosa cabeza de pescaíto o estoy dando caza a una paloma moribunda.
Gracias, José, por los años que hemos compartido.
Gracias, Mariano, por tener pocas luces y permitir que me fuera.
Deseo que os vaya todo bien, de corazón.Y no pongais más parches a las limitaciones, aceptarlas.
Siempre vuestra,
Francisquita

1 Comments:
At 9:35 a. m.,
Anónimo said…
Que gran evolución Francisquita... Jose anda buscándote por no se qué fundación empezando por FA y acabando por ES (de ESpaña, La grande por supuesto!!!).
Siempre tuya,
Eiiiiiiii
Publicar un comentario
<< Home