Para no comerme las uñas

18.9.07

LA CABEZA DE CULEBRA

-No me lo trago.

Así era Olvido. Básica y parca en palabras. Debía su nombre al descuido de la píldora décimocuarta de un mes de julio. Y así fue toda su vida. Un olvido detrás de otro. A Carmencita se le olvidó su dosis y no hechó cuenta de ella hasta aquél terrible dolor abdominal. Ya en el hospital, y con su bebé en brazos, los médicos no daban crédito a la situación.

-¿Es que usted no se ha dado cuenta del embarazo?
-Es que no podía ser eso, yo tomo medidas.
-Pues parece ser que hace nueve meses se le olvidaron.

Sí, a Carmencita se le había olvidado esa maldita pastilla. Ahora lo recordaba. Se me olvidó por completo, pensó. Miró a su bebé, arrugado y con la cabeza de pepino.

-¿Por qué es tan feo este niño?
-Hemos tenido complicaciones en el parto, pero no se apure. En unos días será una niña preciosa.

Pero pasaron los días y la pequeña Olvido seguía con la misma cabeza de pepino. Su madre no sabía si darle de mamar o utilizarla para la ensalada. Se miraba al espejo y luego comparaba con su pepino. No había parecido alguno. ¿Habría salido al padre? ¿Y quién era el padre? ¿A quién podía reclamar semejante barbaridad genética?
Cogió el autobús y se fue derechita a la fábrica de Alhambra.

-Esto es vuestro -dijo, mostrando el rostro apepinado de su hija.
-No, señora, se equivoca. Lo que nosotros hacemos cabe en un botellín verde y no se parece en nada a su bebé.
-¿Verde? Ahí está el problema, claro. Por vuestra culpa me quedé embarazada y me salió este bicho. Tendría que haber nacido de un huerto, no de mis entrañas. Ay, espere, espere. Sujéteme a mi niña que tengo que ir urgentemente al baño.

Sonsoles se hizo cargo de la criatura hasta que Olvido cumplió dieciocho pepinos. No la volvió a ver, pero tampoco notó su ausencia. La acogió con la misma naturalidad con la que acogía a los gatos de la calle, pero la quería menos. Olvido resultó una niña enjuta con la cabeza apepinada, seca como un palo y con problemas visibles para moverse. Semejante cabeza no estaba diseñada para un cuerpo tan lamentable. De su época de estudiante no le había quedado más que una sensación de vacío, se arrastraba por la vida haciendo el mínimo ruido posible para pasar inadvertida. Y eso era ella. Un ser con poca conciencia de sí mismo y ninguna para el resto del mundo. Pasó por una vida sin pena ni gloria.
Y sin pena ni gloria se encontraba en aquel coche.

-No me lo trago.

Pero Miguel ya no la escuchaba. Recostado en su asiento, con aquella pobre desgraciada metida entre sus muslos, recordaba a su mujer.

*

María tenía unos enormes ojos negros que no decían nada. Para Miguel, mirarla fijamente era caer en el más absoluto de los olvidos. Cuando llegó a casa ahí estaba ella, plantada en la cocina con la nevera abierta.

-Hola,cariño. ¿Cenamos ya? -

Frase automática, pensó él. Si entrara un ladrón le diría lo mismo. Se acercó a su mujer, le acarició el cuello y dejó caer la mano por su espalda mientras se acercaba a ella. Olía a recién salida de la ducha. Olía a esa crema que usaba. Y olía a eso otro que sus sentidos tanto le alertaban y él tanto se resistía a creer.

-No tengo hambre y estoy cansado, ¿vamos a dormir?

"No tienes ganas de escucharme y te apetece echar un polvo", pensó María. Cerró la puerta de la nevera y fijó la mirada en su marido, haciendo el esfuerzo de mantenerse lo más natural posible, cuando lo que de verdad quería era echarse a llorar y salir de esa casa.

-Cenaré algo y luego iré a acostarme, no tengo sueño.

Ojos negros imposibles de salvar. Ojos negros que le atormentaban tanto que era incapaz de hablar con su mujer, incapaz de decirle cuánto la echaba de menos. Se dió la vuelta y se acostó. Pero no podía dormir. Se concentró para escuchar qué hacía ella en su supuesta ausencia. Oyó como abría la nevera de nuevo y sacaba una coca-cola. Segundos más tarde entró el olor del tabaco a la habitación. Miguel se dió la vuelta para no tener que levantarse y discutir con ella otra vez por lo mismo. Un tono de mensaje fue el momento justo para cerrar la puerta y los ojos y abrirse de nuevo el abismo que había entre ellos.
Miguel se despertó cuando la oyó entrar. Se quitó la ropa y la tiró en el suelo para meterse desnuda en la cama. Se giró para abrazarla, pero no pudo. Aún en plena oscuridad, notaba esa mirada esquiva e imposible de comprender. Esos ojos negros, tan fríos y tan terribles. Esos malditos ojos negros, esa maldita mujer que tanto le hacía sufrir. Le dió la espalda e intentó dormirse, imaginándose a María con la mirada perdida contra la ventana.
Y no se equivocaba. Estaba con la mirada perdida, sin sueño y con una desgana total. Había algo en ella que no funcionaba bien. Algo hacía mal para atraer aquello que no quería y alejarse de todo lo que le importaba. Pero no tenía fuerzas para poner orden en su vida. No tenía ganas de luchar, ni por ella ni por nadie. Tenía la sensación de estar en una montaña rusa, y que en algún momento se bajaría. Sólo tenía que esperar. Una vuelta, quizás dos, y terminaría. Y las pastillas, al fin, cumplieron su función y cerraron sus ojos tristes.


*
Olvido llegó a casa alrededor de las dos de la mañana, cansada y vacía como todas las noches. Se quitó la ropa y se dió una larguísima ducha, pero no consiguió quitarse ese olor a desgracia que le invadía todo el cuerpo. Se tomó una cerveza con avidez, otra sin contemplaciones y una tercera para disfrutarla. Con la cuarta decidió recoger un poco el piso y con la quinta le entraron ganas de comer. Abrió la nevera y estaba tan vacía como todo lo que le rodeaba. Se hizo un sandwich de jamón y queso, se tomó otra cerveza y se fue a dormir.

Tomás llegó a las seis y media a su casa. Abrió la puerta y olió a su mujer. Ese aroma de alcohol,tabaco y perfume que le cortaba la respiración había vuelto a casa. Y lo mismo le daba, que estuviera o no le era completamente indiferente. Sólo tenía que acostarse y esperar a que ella se fuera. Se masturbó para conciliar el sueño y durmió plácidamente, como si estuviera solo. Al fin y al cabo, esa mujer llevaba muerta muchos años. Muchos más de los que él la conocía. Se había casado con un fiambre emocional del que no tenía sensación de pertenencia. Pero le daba igual, muerta o viva, en casa o fuera de ella. No le importaba en absoluto la vida de Olvido. De hecho, ni tan siquiera habían hablado nunca de nada importante. No se conocían y, aún así, se había casado con ella. ¿Por qué? ¿Y por qué no? Almenos no le molestaba, era como si no existiera.



*

-¿Por qué te gusta hacerme sufrir tanto,eh? Con lo que yo te quiero...

María sonrió y le dió un beso tan ardiente que no pudo evitar lanzar un gemido. El alcohol y la coca que se habían tomado estaban en su punto más álgido y pedía a gritos una buena sesión de sexo sin tapujos. Arqueó la espalda de un modo casi espasmódico cuando tuvo su cabeza entre sus piernas y lo retuvo con fuerza entre sus muslos. Así, con una lengua recorriéndole el sexo y unos dedos penetrándola, se sentía feliz. No recordaba en absoluto sus problemas, no pensaba en nada más que ese terrible calor que le invadía el cuerpo y del que tenía que deshacerse antes de que la quemara. Desligó sus piernas, le agarró con furia del pelo y lo puso a su altura para que la penetrara. Oía unas voces, unos gemidos de fondo. Pero no estaba por ellos, únicamente por ella. En cuanto notó que la estaba penetrando quedó adormecida y en un estado de paz que la dejaron sin habla. Empezó a masturbarse mientras veía el miembro retorcerse dentro de ella y lanzó un largo gemido en cuanto notó que él estaba a punto de estallar, en cuanto notó esos pequeños espasmos dentro de su cuerpo que le anunciaban el orgasmo en cuestión de segundos.
Él quedó derrotado sobre ella, susurrándole cosas que no escuchaba. Estuvieron así escasos momentos. María se levantó y empezó a vestirse mientras buscaba su paquete de tabaco.

-¿A dónde vas? Me prometiste que pasaríamos el día juntos. Me prometiste darme tu tiempo hasta las cinco de la tarde. ¡Joder, he cancelado tres visitas para estar contigo, María!

-Tengo hambre, si no te importa. ¿Por qué no vamos al restaurante del hotel? Tiene buena pinta y llevaba de postre un pastel enorme de chocolate con nueces y nata.

En verdad, María ya se iba. No se había acordado que le dijo que pasarían la tarde juntos. De hecho, quedaba con él porque por mucho que le dijera que era la última vez que se veían siempre acaba cayendo en sus brazos. Pero esa sería la última vez.